sábado, 13 de agosto de 2016

VELADA KOLBIANA 2016 EN COCHABAMBA

PADRE KOLBE, HOMBRE DE MISERICORDIA - 14 DE AGOSTO 2016

La primera obra de misericordia espiritual: Dar buen consejo al que lo  necesita
Padre Kolbe: una mano tendida en el abismo de la duda



A diferencia de las obras corporales, las espirituales no derivan del texto de Mateo 25, provienen  de la Escritura, del ejemplo de los santos y del testimonio de los cristianos. Entre las dos series de obras de misericordia, existe continuidad y unidad. Es más, se puede decir que son todas espirituales, caso contrario no serían de misericordia, porque si no van acompañadas de la caridad, se reducen a simples prestaciones sociales, aunque fueran muy buenas.                                                       
Dar buen consejo al que lo necesitaLa tradición bíblica subraya la importancia del consejo: Por falta de gobierno un pueblo se hunde, pero se salva si hay muchos hombres de consejo.” (Pr 11,14).
“Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.” (Mc 6,34).Jesús aconsejó al joven rico en busca de un sentido para su vida: “Si quieres…”, le dice y le lanzó la propuesta llena de coraje que el joven rico no pudo aceptar. Cuando leemos esta obra de misericordia, siempre estamos tentados de pensar en los demás, y no en nosotros mismos que somos inseguros, que dudamos, que estamos necesitados de certezas y verdad (Sab 9, 13-14). Jesús tiende su mano, viene en nuestra ayuda como hizo con Pedro: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua, … y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». (Mt 14, 28-31). Un grito muy humano: “¡Señor sálvame!”. Pedro que camina sobre el agua muestra que el milagro no sirve a la fe, no la refuerza. Vive un milagro: “camina sobre el agua”, y sin embargo va en crisis: “¡Señor, me hundo!”. Pedro duda y se hunde, se hunde y cree: “¡Señor sálvame!”… Y Jesús nos alcanza al centro de nuestra falta de fe. No nos apunta el dedo por nuestras dudas, sino nos tiende la mano para que nos aferremos a ella.
 ¿Pero cuál es el criterio para reconocer un buen consejo? La respuesta viene de las palabras del sabio Ben Sirá: “Déjate llevar por lo que te dicta el corazón, porque nadie te será más fiel que él: el alma de un hombre suele advertir a menudo mejor que siete vigías apostados sobre una altura. Y por encima de todo ruego al Altísimo, para que dirija tus pasos en la verdad.” (Eclo 37,13-15).
La duda es vista también en su lado positivo: “Es mejor agitarse en la duda que reposar tranquilamente en el error” (Alessandro Manzoni). “Quién sabe más, duda” (Pío II). Tener dudas no es siempre sinónimo de debilidad; al contrario, a veces es el coraje de la verificación, es expresión del sentido de responsabilidad personal y social. Se aprende también de los fracasos. La incertidumbre, la inseguridad acompañan siempre al hombre.
 Etimológicamente el verbo dudar nos remite a la raíz du, de donde proviene “dos”, “doble”, e indica el ser dividido entre dos posibilidades, oscila entre dos alternativas. Tenemos necesidad de quien nos ayude a abrir paso, a indicar el camino, el este, el oriente, el lugar de luz y de sentido.
 También para Raimundo Kolbe, cuando terminó los estudios humanísticos, se presentaba el ingreso oficial en la Orden, entrando al noviciado. Parecía que no tenía dudas sobre su vocación, en cambio, estaba atormentado por una profunda crisis que ponía en juego su futuro. Había dedicado su vida al servicio del Evangelio y de la Inmaculada. Pero ¿cuál era el camino para concretar esta donación total? Quería ser un fidelísimo caballero de María: ¿pero podía combatir de la manera más eficaz si se encerraba en un convento? Así como el joven Francisco de Asís, al cual le fue dicho en una visión: “Repara mi Iglesia” y comenzó la recolección de ladrillos para reparar san Damián, antes de comprender el significado más amplio del mensaje, así el joven Kolbe pensó de abandonar la vida del convento para enrolarse en el ejército.

Vivió días de mucha angustia, pero los sabios consejos del maestro de los novicios padre Dionisio Sowiak y la visita inesperada de su mamá ayudaron a que se caiga el velo de sus ojos con los sueños de gloria militar. Raimundo inició el noviciado y se agregó el nombre de Maximiliano, sin tener la más mínima añoranza, como escribe nueve años después: “… El Dios de la Providencia, en su infinita misericordia y por intercesión de María Inmaculada, me envió a mi madre”.

Nuestro santo no es un super-hombre, sino solamente un hombre con nuestros problemas, nuestras miserias, nuestros vacíos, nuestros miedos. He aquí, cuando el padre Luis Bondini escribía a su discípulo Maximiliano María Kolbe[1]: “Te recomiendo de alejar de vos cada duda e incertidumbre sobre el estado de tu consciencia y sobre la vida pasada y presente. Ten por cosa cierta que todo anda bien y que la Inmaculada está muy contenta de vos”. Afianzado de estas palabras y acogiendo, día tras día, la gracia del Señor Jesús, llegará a decir que “cuando más miserable sea un instrumento, más idóneo será para manifestar la bondad y la potencia de la Inmaculada. San Pablo no duda en absoluto en afirmar que él se gloría de sus propias debilidades, para que a través de ellas se manifieste la potencia de Cristo.” [2Co 12,9].[2]

En su relación de paternidad espiritual con tantos frailes de las comunidades en Polonia y en Japón y con los laicos encontrados en los diversos caminos de la vida, aprenderá, a su vez, el arte de aconsejar, que para él es una obra que educa la mirada e invita a salir para encontrar el mundo del otro. Así será con Fray Zeno, que oportunamente aconsejado, será ayudado a correr en su camino de crecimiento humano y espiritual. Todos los que conocieron al padre Maximiliano experimentaron la verdad de la afirmación del libro del Eclesiástico: su consejo es como fuente de vida.”

 ¡María, madre del buen consejo, ruega por nosotros!



 Angela Esposito (MIPK)


[1] Con fecha 1.2.34
[2] EK 609.

www.kolbemission.org


martes, 12 de julio de 2016

"LA CELDA DEL AMOR, SIEMPRE ABIERTA" - 14 DE JULIO 2016

La séptima obra de misericordia corporal: enterrar a los muertos

Padre Kolbe: un hombre que se dona


  Es la última obra de misericordia corporal, aunque no esté presente en la lista de Mt 25. Ya el Antiguo Testamento certifica el cuidado por los muertos y su sepultura. (cfr. Gen 25,9 para la sepultura de Abraham; Sir 38, 16; Sal 79, 2-3).
  Es ejemplar el comportamiento de Tobit, padre de Tobías, que durante el exilio en Babilonia, poniendo en riesgo su misma vida, daba sepultura a los cuerpos de sus correligionarios ejecutados y abandonados en las plazas (Tb 1, 16-20; 12, 12s.).

  La sepultura de Jesús hace parte del kerygma (anuncio) de la Iglesia primitiva. Pablo, en 1 Cor 15, 20, afirma: “Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos”. Esta expresión da a entender que Jesús es la primicia de los muertos que han resucitado. El término primicia instaura una similitud con la realidad agrícola que tiene el objetivo de traducir el concepto expresado en una imagen bien precisa y más fácil de comprender: como las primicias indican que también el resto de los frutos está próximo a madurar, así la resurrección de Jesús inaugura la obra salvífica que se cumple en la vida de cada uno de nosotros. La imagen de la primicia, además, sobre entiende una unión con la naturaleza: las primicias y el resto de los frutos son de la misma especie, y esto significa que la resurrección de Cristo es el modelo de la nuestra.

  Somos testigos de que para algunas personas fue posible pasar de la muerte a la vida, de la profundidad infernal a una existencia plena, gracias al encuentro con el Señor Jesús. En cada tiempo y en cada lugar hay personas a través de las cuales Dios obra resurrección para quien está perdido y para quién no tiene más vida. San Maximiliano Kolbe es una de ellas.

«Yo había conocido a Kolbe poco tiempo antes. Lo había encontrado, de hecho, en 1938, en un congreso de editores de periódicos […] Nuestro segundo encuentro se produjo en circunstancias muy diferentes. Sucedió en Auschwitz, alrededor de fines de junio o comienzos de julio de 1941. Fue cuando pasaron lista por la tarde […]. Los SS entonces nos arrearon a todos hacia el bloque del hospital, donde nos ordenaron llevar cadáveres al crematorio […].
Yo no era joven –hasta combatí en la Primera Guerra Mundial–, pero nunca había tocado un cadáver. Ahora tenía el primero delante de mí. Un joven, completamente desnudo, con el vientre desgarrado, las piernas sangrientas, mientras que sus manos retorcidas y su rostro hablaban claramente de su sufrimiento agónico. Yo no pude avanzar ni un paso más hacia él. El guardia comenzó a gritar hacia mí, pero en ese momento una voz calma dijo: «Levantémoslo, hermano». Apenas cruzamos el umbral del crematorio, oí su voz baja y clara decir: «Descansen en paz». Un momento después susurró: «Y el Verbo se hizo carne».
Solo entonces me di cuenta de que mi compañero era el franciscano de Niepokalanów, el Padre Kolbe.»[1]

Otro amigo de Kolbe era un sastre de 36 años, Alejandro Dziuba, que estuvo en Auschwitz desde septiembre de 1940. Recuerda: «Padre Kolbe, durante nuestras horas libres –es decir, después del trabajo diario y los domingos por la tarde– solía reunir en torno a sí a hombres confiables, no siempre a los mismos, y nos hablaba sobre temas espirituales. Confortaba nuestras almas y nos hacía más seguros para enfrentar nuestro miedo a la muerte. Recuerdo que decía: «Yo no le temo a la muerte; temo al pecado». Nos señaló a Cristo como el único apoyo seguro y la ayuda con la que podíamos contar».[2]

  En los campos de exterminio nazis todo terminaba en una espesa nube de ceniza suspendida en el aire. No obstante, la fe y el amor supieron sugerir gestos de una belleza inaudita, como aquel más extraordinario: el don completo de sí.
Dar un paso adelante…, Padre Maximiliano, pide de morir en lugar de un padre de familia. El pedido es inexplicablemente escuchado. Esta vez el no dona un pedazo de pan, sino toda su vida para salvar otra.

  Padre Maximiliano creyó firmemente que “solo el amor crea” y que “en el anochecer de la vida, seremos juzgados sobre el amor” (San Juan de la Cruz). El remordimiento más grande, en la hora extrema, es la conciencia de no haber amado, remordimiento que no habita cietamente en la vida de Sally Trench, autora del famoso libro “Seppllitemi con i miei stivali” (“Entierrenme con mis botas”).[3]

  Jovencita, una gran esperanza del tenis, tira la raqueta, abandona a familia y las seguridades económicas para vivir en la calle, entre los vagabundos y desesperados de la metrópolis, con ellos en sus refugios, en las estaciones, entre las ruinas de una casa y de una vida. Quiere ver, entender, dar una mano. “Amor, compasión y perdono son tres grandes pilares de la vida”, dice Sally: «Mi Dios es un Dios de amor».

  Para superar la angustia y el miedo de la muerte no hay otro camino que la comunión, aquel amor que el Cantar de los Cantares define como “fuerte como la muerte” (Cfr. Ct 8,6).

  “Lo que hicimos solo para nosotros mismos muere con nosotros. Lo que hicimos por lo demás y por el mundo queda y es inmortal”. – Harvey B. Mackay (* 1932).



Angela Esposito MIPK


[1] Maximiliano Kolbe, un hombre para los demás, Patricia Treece, Ed. De la Inmaculada.
[2] Idem.
[3] Un libro que en el 1966 vende casi 2 millones de copias y fue traducido en 26 idiomas. 

www.kolbemission.org

SEMANA DE FORMACIÓN PERMANENTE PARA LAS COMUNIDADES DE BOLIVIA

15 AÑOS DE PRESENCIA MISIONERA EN COCHABAMBA