lunes, 13 de marzo de 2017

LA CELDA DEL AMOR, SIEMPRE ABIERTA - 14 DE MARZO 2017

Con este mes cerramos el ciclo de las reflexiones mensuales 
“Padre Kolbe y las obras de misericordia corporales y espirituales”.




Ahora nos queda abrir en la cotidianidad de nuestra vida la verdadera “Puerta Santa”: aquella del corazón, de modo de ser nosotros la puerta abierta dejando que el Señor entre, tome posesión plenamente de nuestra vida y transforme los lugares del mundo donde testimoniamos Su Palabra.

Él no termina nunca de sorprendernos con el don de su gracia: este año celebramos el centenario de las apariciones de la Virgen de Fátima, por lo cual el 27 de noviembre pasado se inauguró un año jubilar que terminará con la visita del Papa del 12-13 de mayo de 2017 (aniversario de la primera aparición)

La Milicia de la Inmaculada celebra otro centenario: el de su fundación de parte de San Maximiliano Kolbe (16 de octubre de 1917); los dos acontecimientos se entrelazan entre ellos aunque no existen pruebas directas de influjo reciproco, Kolbe, de hecho, no menciona nunca en sus Escritos las apariciones a los tres pastorcitos portugueses, y del mismo modo, la Hermana Lucía, en sus Memorias, nunca habla del franciscano polaco.

Pero se pueden individualizar numerosos puntos en común de las dos experiencias, y justamente este será el tema de nuestras reflexiones mensuales, por lo cual se abre un nuevo ciclo y como siempre, la Palabra será el inicio de todo.

San Juan, en el Apocalipsis, describe un signo particular: “Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza”[1]. La expresión “vestida de sol” podría significar “vestida de Cristo”, es decir, indicar su total pertenencia a Cristo.

El beato Pablo VI, el 13 de mayo de 1967, en el cincuentenario de la primera aparición de la Madre de Dios en Fátima, ha donado a la Iglesia universal la Exhortación Apostólica “Signum magnum”, es decir el Signo grandioso. Aquí sus palabras:

“Señal grande -la que el apóstol San Juan vio en el cielo: una Mujer vertida de sol- que la sagrada liturgia, no sin razón, interpreta como refiriéndose a la beatísima Virgen María, Madre de todos los hombres por la gracia de Cristo Redentor”[2]. Podemos decir que María aparece en Fátima como la Luz de la mañana que anuncia al Sol verdadero que es Cristo Jesús.

Las apariciones de Fátima es el mensaje de Dios por medio de María dirigido a la humanidad entera, como Ella iluminó las tinieblas del Viernes y Sábado Santo, así ahora viene a nosotros como la Estrella que indica al hombre de hoy, esclavo de su nada, -pero como nunca- sediento de Verdad y de Amor, el camino que conduce a Dios, el único y solo verdadero bien.

El 13 de mayo de 1917, los niños estaban en la Cova de Iría, para alimentar a las ovejas cuando, sobre una pequeña encina, aparece una Señora más resplandeciente que el sol, que los alentó con estas palabras: “No tengan miedo, no les haré ningún mal”. Los invita a superar el miedo y el motivo es tan simple como profundo: la blanca Señora viene a revelar el Rostro de Dios, que es el rostro del amor gratuito, y frente a Su amor no hay lugar para ningún tipo de angustia. En Cristo, Dios se hizo solidario con cada situación humana, revelándonos que no estamos solos, porque tenemos un Padre que nunca puede olvidar a sus hijos. “No temas, yo estoy contigo” (Is 43, 5): es la palabra consoladora de un Dios que desde siempre se involucra en la historia de su pueblo. Nace así una buena noticia, accesible a cualquiera, propiamente en el lugar en el que la vida conoce la amargura del fracaso.
Durante la segunda aparición los niños preguntan: “¿qué quiere?”. La blanca Señora les pide que recen, haciéndolos conscientes de aquello que esperaba a la humanidad si continuaba alejándose de Dios.

¿Por qué la Virgen se aparece a niños? Estamos en Guerra, los adultos están al frente y los niños sirven sólo como fuerza de trabajo. La Virgen, apareciéndose a los niños, no quiere que se sometan a los proyectos de muerte que la sociedad les ofrece: los niños no son para servir en una sociedad en guerra. Portugal, en la época de las apariciones, está viviendo un crisis social y cultural muy fuerte porque es un momento de inestabilidad política, un momento de transición caracterizado por aquello que los estudiosos portugueses llaman “represión anticristiana”: en este clima irrumpen las apariciones de Fátima que con su mensaje encienden una luz de fe y de esperanza sobre los tristísimos eventos del siglo en curso, y no solo esto. Recordemos que el novecientos es uno de los siglos más dramáticos de la historia de la humanidad, ya que se mataron 187 millones de personas, según los cálculos de los estudiosos. Las estaciones más trágicas de este Vía Crucis evangélico ha sido el genocidio armenio, la represión mejicana, la persecución española, los estragos nazistas, el exterminio comunista, dos guerras mundiales y una bomba atómica.

En Italia, en el mismo período, 1917, nace la Milicia de la Inmaculada. La Asociación mariana representa la respuesta de Kolbe y de sus compañeros a la dramática situación social, política, económica y religiosa del momento en que viven. En el mundo están en curso tres plagas: guerra, masonería y comunismo. El padre Kolbe la propone, sobretodo, como un antídoto a la devastación moral realizada con estrategias solapadas de la Masonería italiana y europea. Frente a la propagación del mal, Maximiliano intuye que hay un remedio: María, la Inmaculada; a tal propósito funda un gran movimiento eclesial de espiritualidad mariana y misionera al cual da el nombre de “Milicia”, para indicar que hay un combate por el bien. Por esto el Padre Kolbe dirá: “No puede permitirse el lujo de descansar, antes bien, por medio del amor pretende conquistar los corazones para la Inmaculada…”[3], para conducirlos a Dios a través de María. Milicia de la Inmaculada porque la consagración a Ella, es la esencia”

La figura de San Maximiliano Kolbe, brilla en la gran oscuridad en la que vive la humanidad de aquél período.


Angela Esposito MIPK



[1] Ap 12, 1
[2] Pablo VI, Exhortación apostólica “Signum magnum” (13.05.67).
[3] EK 1237

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martes, 14 de febrero de 2017

LA CELDA DEL AMOR, SIEMPRE ABIERTA - 14 DE FEBRERO 2017

La séptima obra de misericordia espiritual: Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Padre Kolbe, hombre delante de Dios por amor a los hermanos




“Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos”: la lista de las obras de misericordia espirituales termina con la oración. La última “obra” es la de rezar por los otros, sean vivos o difuntos.

“La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo” (CIC 2564) y está en la base de todas las obras de misericordia. Esta oración es muy importante, porque ¿para qué sirven las otras obras de misericordia si no parten de la oración, de mi relación con Dios? De lo contrario es activismo, estamos nosotros en estas obras y no está Dios.

“Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos”: Esta es una concreta y noble forma de caridad, expresión de amor; a veces no podemos hacer otra cosa que confiar una persona, una situación a la misericordia de Dios. Rezar significa hacerse cargo de una persona, tener en el corazón a una persona, ponerla en las manos de Dios. No somos islas, vivimos inmersos en un profundo misterio de comunión, por lo que todo pertenece a todos: el más pequeño de nuestros actos hechos en la caridad es para todos, así como cada pecado afecta a todos.

Rezar es una acción que cuesta. Y la oración de la que venimos hablando es de intercesión, la oración por los otros. Etimológicamente “interceder” significa “hacer un paso entre” (inter-ceder), situarse entre dos partes para buscar de construir un puente, una comunicación entre ellos, “caminar en medio”, dispuestos a ayudar a cada una de las partes.

En la intercesión cargamos sobre nosotros el peso de las personas por las cuales rezamos. En el éxodo, la postura de Moisés que eleva sus brazos al cielo, asegurando la victoria del pueblo de Israel que está luchando contra Amalec, muestra ciertamente la dificultad de la oración por los otros, tanto que “Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado” (Ex 17, 12), pero pone en evidencia la dimensión espiritual de esta oración: un estar delante de Dios a favor de otro. 

Dios nos quiere atentos al prójimo, capaces del mismo cuidado que Él tiene por nosotros. Él está siempre dispuesto a dirigir a cada uno de nosotros la pregunta que ya hizo a Caín: “¿Dónde está tu hermano Abel?” (Gn 4, 9). Dios se asume la suerte del ser humano y quiere que también nosotros nos hagamos cargo de nuestros hermanos, que nos sintamos responsables de ellos. Por eso la presencia de muchos intercesores es un medio para formar una comunidad que corresponda al plan de Dios y para promover el trabajo de reconciliación entre individuos, pueblos, culturas y religiones diferentes entre la persona y su Dios.

Este grande río de intercesión se sumerge en el océano de intercesión de Cristo sobre la cruz, con su estar entre el cielo y la tierra, con los brazos extendidos para llevar a Dios a todos los hombres. Sufriendo y muriendo por nosotros pecadores, Él llevó nuestra situación frente a Dios convirtiéndose en nuestro intercesor: “Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables. (Is 53,12). La oración de Jesús sobre la cruz: “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34) sintetiza una vida entera gastada delante de Dios por los otros y muestra un Jesús convertido él mismo en intercesor con su vida y su muerte.

También la Escritura atestigua la oración de los vivos por los muertos[1] y de los muertos por los vivos[2]. La oración por los difuntos es sostenida y posible por la fe en la resurrección y se convierte en una tarea de la comunidad creyente que vive también de este modo su solidaridad con los hermanos difuntos. “La Iglesia ruega por los difuntos de manera particular durante la Santa Misa”[3].Un recuerdo simple, eficaz, cargado de significado, porque confía nuestros seres queridos a la misericordia de Dios. En la oración experimentamos la comunión con ellos, mientras pedimos que nos acompañen desde el cielo e intercedan por nosotros ante Dios; expresamos además, la convicción de que el amor es más fuerte que la muerte y no se pueden romper los lazos que nos unen a todos nosotros, vivos y difuntos, en un solo cuerpo.

Padre Kolbe intercesor

“Si yo fui capaz de resistir y quedar vivo, si conservé mi fe y no caí en la desesperación, se lo debo todo al Padre Maximiliano. Cuando estuve al borde de la desesperación y ya dispuesto a arrojarme contra el cerco electrificado, fue él quien me dio nuevo aliento y me dijo que yo saldría victorioso y me iría de ahí vivo. «Tan solo sigue confiando en la intercesión de la Madre de Dios», me insistía. De alguna manera infundió en mí una fuerte fe y viva esperanza, especialmente en la maternal protección de la Virgen”.[4]

“… todos los domingos durante el recuento, se leía una lista de alrededor de 20 números consecutivos. Luego se repetía la orden: «Mañana no se presenten para el trabajo. Permanezcan en su bloque. A las nueve su capataz los llevará a la cocina». Lo que eso significaba era que el lunes serían fusilados. Todos nosotros lo sabíamos bien, porque sucedía de la misma manera todas las semanas. Mientras que el resto del campo de concentración estaba en el trabajo, los hombres cuyos números habían sido llamados recibían la orden de desvestirse. Luego eran llevados al paredón de ejecución al lado del bloque 11, y fusilados con un tiro en la nuca... Estos números seguían un orden… Llegó un día en que, según los cálculos, me quedaba solo una semana de vida. El domingo siguiente sería el último para mí. Quise confesarme… Solo entonces supe que se trataba de Maximiliano Kolbe. Era feliz de escuchar mi confesión. Esto, por supuesto, iba estrictamente contra las normas, de modo que lo hicimos paseando afuera, como si estuviéramos simplemente hablando… Me alentó también, y me dijo que iba a rezar por mí … Llegó el domingo y no llamaron ningún número… Puedo solo repetir que todo eso fue de verdad (como) un milagro”[5].

“Yo rezaré”: ¡esta es la fuerza de padre Maximiliano! La oración es el fundamento de su capacidad de intercesión. 

La oración fue la pasión de toda su vida, hasta el último respiro en el bunker de la muerte, en la celda del amor, donde ofrece el brazo al Dr. Bock que le está inyectando el ácido fenico. Lo mira y por él reza la última Ave María. Reza por su verdugo, quiere salvarlo también a él. 

El padre Kolbe, desde el cielo, no cesó de interceder, al contrario, como amaba decir: “En el cielo trabajaremos todavía más, con las dos manos”.

“Me parece de ver, dice padre Luis Faccenda[6], al padre Kolbe de querer hacerse cargo del cuidado de todo el Instituto. Lo veo llevar nuestras intenciones, pedidos a Dios por medio de María. Lo veo interceder por nosotros, con la fuerza que nace de su amistad con Dios. Casi un nuevo Moisés, siento que puede decirle a Dios: “Escucha las oración de mis hijos, si no, bórrame por favor del Libro que tú has escrito”.[7]

El padre Maximiliano Kolbe, como Moisés, fue y es amigo de Dios, se ofreció como víctima por la salvación de los hermanos: esto hace de él un perfecto intercesor. Por eso, a él, podemos dirigirnos con plena confianza confiándole nuestras intenciones. Junto a María, que en Caná intercede para obtener de Jesús el primer milagro, al padre Maximiliano sigue hoy haciéndose encontrar en los lugares donde hay necesidad, para que el “vino”, o sea el amor, esté siempre presente en las mesas de todo el mundo.

Angela Esposito MIPK



[1] Cfr. 2Mac 12,41-45 
[2] Cfr. 2Mac 15,11-16
[3] Catequesis Papa Francisco, 30 noviembre 2016. 
https://w2.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2016/documents/papa-francesco_20161130_udienza-generale.html 
[4] Patricia Treece, Un santo para los demás 
[5] Ib 
[6] Padre Luigi M. Faccenda, fondatore dell’Istituto delle Missionarie dell’Immacolata Padre Kolbe. 
[7] Cfr. Ex 32,32

www.kolbemission.org


viernes, 13 de enero de 2017

LA CELDA DEL AMOR, SIEMPRE ABIERTA - 14 DE ENERO 2017


La sexta obra de misericordia espiritual: Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
Padre Kolbe, maestro de paciencia


Es sorprendentemente actual esta obra de misericordia espiritual. En la Biblia vemos que el mismo Dios tuvo misericordia para soportar los lamentos y las quejas de su pueblo; en el libro del Éxodo, por ejemplo, el pueblo primero llora porque es esclavo en Egipto, y Dios lo libera; después en el desierto, se lamenta porque no tiene que comer (Cfr. 16,3) y Dios le manda el maná (cfr. 16,13-16) pero a pesar de esto los lamentos no paran. Moisés hacía de mediador entre Dios y el pueblo y también él alguna vez se pone molesto con el Señor, pero Dios mantuvo la paciencia y le enseñó a él y al pueblo de “dura cerviz”[1] esta dimensión esencial de la fe. 

La historia de Dios con la humanidad es también la historia de la paciencia de Dios hacia el hombre, que de hecho no es impasividad o pasividad, es amor, amor que acepta el sufrimiento esperando el tiempo del ser humano, su conversión. Dios es definido en la Biblia “lento a la colera”2[2] “¿Hasta cuándo esta comunidad perversa va a seguir protestando contra mí?”, le dijo a Moisés y a Aarón. (Núm 14,27). La paciencia, de hecho, no quiere hacerse cómplice del mal cometido (cfr. Gn. 44,22), no es ausencia de cólera, sino la capacidad de elaborarla, de “domarla”, de interponer un tiempo entre su rebelarse y su manifestarse. Ejemplar fue la paciencia y la dulzura de Jesús, particularmente en su pasión y muerte. Así escribirá Pedro en su Primera Carta: “Cuando era insultado, no devolvía el insulto, y mientras padecía no profería amenazas; al contrario, confiaba su causa al que juzga rectamente” (2,23). 

Lejos de ser sinónimo de debilidad, la paciencia es fortaleza en relación a sí mismo, capacidad de no actuar precipitadamente, de esperar el tiempo del otro, de sostener y llevar al otro. Se trata por lo tanto, de un momento particularmente importante en la edificación de las relaciones interpersonales y eclesiales. “los exhorto a comportarse… con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. (Ef 4,1-2). Esta paciencia es fruto del Espíritu (Gal 5,22) y se madura en la prueba (Sant 1,2-4). El himno a la caridad de San Pablo proclama que “el amor es paciente” y “soporta todo”. (1 Cor 13, 1)

Hay que reconocer que la paciencia, no es siempre una virtud, como la impaciencia no siempre es una no-virtud. Una paciencia que soporta resignadamente un abuso, una violencia, una explotación, se hace cómplice de la injusticia y no es ni humana ni evangélica

La paciencia evangélica se niega a responder al mal con el mal, de ofrecerse al enemigo en calidad de adversario y de ponerse a su misma altura, de usar las mismas armas. Existe una sana cólera que dice y grita “¡basta!”, como hace Dios en relación con las injusticias que invaden al mundo y de las cual hacen ministros y profetas, como hace Jesús cuando amonesta a los fariseos y escribas (cfr. Mt 23,13-36). 

“Soportar pacientemente” no significa, por lo tanto, aceptar pacientemente, cuanto controlar nuestras reacciones y mantener la paz. Cuando somos impacientes estamos bloqueados, reaccionamos frente a lo sucedido y nos convertimos en víctimas o del hecho, o del desaliento, (y nos desesperamos) o de la rabia (y se agrede). Las consecuencias son por lo tanto siempre destructivas y nos dejan una huella de relaciones arruinadas y/o de remordimientos dolorosos. La paciencia, en cambio, nos da la flexibilidad y el poder de no transformarnos en víctimas de las circunstancias. Por eso se dice “soportar pacientemente” y no de “soportar con resignación”. Todos tenemos necesidad de perdón y paciencia, para renacer y recomenzar. En la Biblia la palabra “soportar” indica “quedarse de pie frente a alguien o alguna cosa”, resistiendo al robo con el coraje de la paciencia. Es la actitud de ser fuerte frente a la adversidad: “es este el estilo de Dios”, afirma el Papa Francisco

Gregorio Magno une la perfección cristiana a la paciencia: “No es muy fuerte quien se deja abatir por las injusticias de los otros… de hecho en realidad es perfecto quien no pierde la paciencia por las imperfecciones de su prójimo. Quien se impacienta por los defectos de los otros, tiene la prueba de ser todavía imperfecto”.

Para esta obra de misericordia espiritual Padre Kolbe nos recuerda que tenemos necesidad ante todo de reconciliarnos con nosotros mismos; acoge el corazón de esta realidad y pone en su vida un punto firme: “Véncete a ti mismo, humíllate con serenidad por amor a Jesús” (SK 987 E) “Sepamos sacar provecho de todo para ejercitar nuestra alma en la paciencia, la humildad… y las cruces no serán tan pesadas.” (cfr. SK 935). Maximiliano se ejercita desde su juventud a reconocer las propias debilidades y defectos y a confesarlos abiertamente. Se confía en la obra de Dios en su persona: “la gracia divina lo hace todo; tú sólo debes corresponder a las gracias. Déjate llevar.” (SK 987 D). “Siempre tranquilos y serenos” (SK 937). 

En diciembre de 1940 escribe de Niepokalanów a sus hermanos en Japón: “Queridos hijos… Dios permite pequeñas cruces de varias especies, que dependen o no de la voluntad de otros, provenientes o no de una recta voluntad… Son fuente de méritos, entre otros, los disgustos provocados por otras personas... en el soportarse mutuamente consiste la esencia del amor reciproco”.

Así escribe Santa Teresa de Lisieux: “He entendido cuán imperfecto era mi amor a las hermanas, ¡Oh, Jesús no las amaba así! Entiendo ahora que el amor auténtico consiste en el soportar los defectos y los errores del prójimo, en el no maravillarse de sus imperfecciones, sino en el edificarse por cada mínimo acto de virtud…” (SK 925).

San Maximiliano aprovechaba a menudo las ocasiones para confirmar a sus frailes algunas ideas fuerza: “Ocupémonos, pero no nos preocupemos. Es necesario que las tribulaciones exteriores e interiores, los fracasos, el desgano, el cansancio, las burlas y otras cruces nos purifiquen y fortalezcan. Hay que tener paciencia también con uno mismo y hasta con el buen Dios, que nos prueba por amor…” (SK 56).

“Ratajczak, un depravado alemán, designado administrador, controlaba el territorio polaco que comprendía a Niepokalanów. Por ser muy amigo con la Gestapo, mandó sus camiones, pese a las súplicas de los frailes, para llevarse, para su uso personal, las maderas preparadas antes de la guerra para una capilla… Kolbe no dijo nada. Luego ante los ojos estupefactos de los hermanos, Ratajczak no solo introdujo a su licenciosa amante en el claustro franciscano, sino en la misma celda de Kolbe. Con gravedad pero respetuosamente, el Superior franciscano, sin temor, dijo al amigo de la Gestapo que no debía infringir el reglamento secular que salvaguarda el voto del Celibato”[3].

No nos queda más que rezar con un anónimo: “Señor, dame la paciencia. Pero ¡apúrate!”


Angela Esposito MIPK


[1] Dt 9,6.13; 2Cr 30,8; Ne 9,29; Ger 17,23; Bar 2,30; Ez 3,7. 
[2] Es 34,6; Nm 14,18; Ne 9,17. 
[3] Cfr. Patricia Treece, Maximiliano Kolbe un hombre para los demás. Segunda edición - pág. 125


martes, 13 de diciembre de 2016

"LA CELDA DEL AMOR, SIEMPRE ABIERTA" - 14 DE DICIEMBRE 2016

La quinta obra de misericordia espiritual: 
Perdonar al que nos ofende

Padre Kolbe, perdonado, perdona




“Padre, perdónalos, porque no saben lo hacen”. Con estas palabras de Jesús en la cruz, meditamos la quinta obra de misericordia espiritual: Perdonar al que nos ofende.

La historia de la revelación bíblica es también la revelación de Dios “rico de perdón” (cfr. Es 34,6-7; Sal 86,5; 103,3). En Cristo, muerto por nosotros mientras éramos pecadores (cf. Rm 5,6-10), el perdón ya se había dado a cada hombre, y por lo tanto también la posibilidad de vivirlo.

La Escritura, en la relación entre Dios y el hombre pecador, da una indicación muy precisa. Dios es la parte lastimada que recibe el mal y perdona. Sólo después de haber perdonado, imputa al pecador, con fin de ponerlo delante de su propio pecado, para que se dé cuenta de lo que ha hecho, pueda reconocer su culpa y abrirse al perdón que se le dio gratuitamente. Ilumina esta realidad el encuentro entre el Profeta Natán y David. 

La tradición judaica ha puesto el Salmo 51 en los labios de David exhortado a la penitencia con las palabras severas del Profeta Natán[1], que le reprocha el adulterio cometido con Betsabé y el homicidio de Urías, su esposo. Dios entra en el pecado de David, entra en el pecado de cada uno de nosotros, no para justificarlo, sino para donarnos la fuerza necesaria para reconocerlo. Qué lindo sería decidirnos desde ahora a perdonar a los otros como Dios nos perdona, qué lindo sería si primero perdonáramos a quien nos a hecho el mal y después nos pondríamos en camino para encontrar a la persona que ya hemos perdonado en nuestro corazón

El Papa Francisco, en este año del Jubileo de la Misericordia, ha hablado muchas veces del perdón de Dios, como San Pablo afirma: “Este tiempo de gracia para la Iglesia nos recuerda que nada nos puede separar del amor de Cristo”. “Las palabras que Jesús pronuncia durante su Pasión encuentra su culmen en el perdón. Jesús perdona. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). No son solamente palabras, porque se convierten en un acto concreto en el perdón ofrecido al “buen ladrón”, que está junto a Él. Muriendo en la cruz, inocente entre dos criminales, Él espera que la salvación de Dios pueda alcanzar a cualquier hombre en cualquier condición, también la más negativa y dolorosa. La salvación de Dios es para todos, para todos. Sin excluir a nadie, se ofrece a todos”. Pero ustedes pueden preguntarme: «Pero Padre dígame ¿El que ha hecho las cosas más malas duran te la vida, tiene la posibilidad de ser perdonado?» — «¡Sí! Sí: ninguno está excluido del perdón de Dios. Solamente tiene que acercarse arrepentido a Jesús y con ganas de ser abrazado por Él”.[2] En el perdonar, Dios no mira el mérito, más bien le basta, una chispa de arrepentimiento, una palabra dicha con el corazón, como lo hizo el buen ladrón ante Jesús crucificado.

Dios no sólo perdona, no sólo olvida nuestros pecados, sino que olvida también el habernos perdonado.

“La misericordia es el nombre de Dios y es también su debilidad, su punto débil”, remarca Francisco. “Su misericordia lo llevó siempre al perdón, a olvidarse de nuestros pecados. A mí me gusta pensar que el Omnipotente tiene mala memoria. Una vez que te perdona, se olvida. Porque es feliz perdonando. Para mí esto me basta”.[3] 

Desde su nativa Polonia San Maximiliano Kolbe partió como misionero hacia Japón. Aquí más que en otro lugar, su vida estuvo marcada por muchas pruebas, angustias y sufrimientos provocados por personas cercanas a él, tanto que escribió en una carta a su Superior general: “Llevó, pues, esta cruz, más pesada que ninguna de las que he tenido jamás... » (SK 487).

Había cultivado por muchos años en el corazón que «los hermanos que crucifican son un tesoro, ¡ámalos!» (SK 968) y lo hizo también cuando “acusado de fundar una nueva Orden, perdonó al Padre Costanzo, intérprete de esta instancia que presentó al Padre General (Padre Cornelio Czuprik). Él lo invitó a apreciar la belleza de ir al encuentro del otro, porque las relaciones fraternas deben ser animadas por el amor, un amor que no excluye el sufrimiento, sino que está alimentado por el perdón y el compromiso de no ofender a los otros: «El amor mutuo no consiste en el hecho que nadie nos procure nunca ningún disgusto, sino en que nos esforcemos en no procurar disgustos a los demás y nos acostumbremos a perdonar enseguida y totalmente todas las ofensas». (SK 925) 

Padre Kolbe estuvo siempre comprometido en buscar el bien y cumplirlo, por eso cuando la guerra desbastó su convento y alejó a muchos de los 700 frailes que vivían allí, escribió: «Padre Nuestro: perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden (Mt. 6,12). 

Esta oración nos la enseñó Jesús mismo. Por eso es suficiente el perdón completo de las ofensas que nos han hecho para obtener el derecho al perdón por las ofensas que hemos hecho a Dios. Qué desgracia, pues, si no tuviéramos nada que perdonar y qué suerte cuando en un sólo día tenemos muchas y muy graves culpas que perdonar». (SK 925) 

En el campo de Auschwitz, en el momento en que la vida era simplemente un número, sigue repitiendo “Sólo el amor crea, por eso no tengan miedo a quien les hace el mal, no matarán nuestras almas...”. En el pleno de la persecución nazista: “el odio no es una fuerza creativa: lo es sólo el amor”. Cuando un joven hebreo, de nombre Enrique, le confesó que odiaba a los alemanes porque le habían matado a toda su familia, el Padre Maximiliano le contestó: “Enriquito, no debemos odiar a ninguno, porque nos ponemos a su nivel y nos transformamos en nuestros propios torturadores”.

¡Ave María!: fue la última invocación que pronunciaron los labios de San Maximiliano mientras extendía el brazo a quien lo mataba con una inyección ácido fénico. La última oración, la última “Ave María” del Padre Kolbe no fue para sus familiares, no fue para sus amigos, fue para el Doctor Bock que lo estaba eliminando del escenario de la vida. Quiere salvarlo también a Él.

Ciro condenado a cadena perpetua, estaba en la cárcel desde hacía 25 años: participaba de un taller que hacía hostias que eran donadas a las parroquias de todo el mundo. Él fue uno de los detenidos que transmitió su experiencia en el Jubileo de los presos, el domingo 6 de noviembre en la Basílica de San Pedro, donde el Papa después celebró la Misa, y se presentó con Isabel, una joven mujer que hacía seis años que le habían matado a su hijo de 15 años, Andrés. Juntos iniciaron un proyecto de “justicia y reparación”, en el cual las víctimas y los victimarios aprenden que sólo pidiendo y ofreciendo el perdón tienen la posibilidad de tener paz en el corazón.


Ángela Esposito MIPK



[1] Cf. II Sam 11-12
[2] Audiencia del miércoles 28 de septiembre de 2016, Papa Francisco.
[3] https://it.zenit.org/articles/papa-ad-avvenire-giubileo-ispirato-dallo-spirito-ecumenismo-non-e-protestantizzare-la-chiesa/

www.kolbemission.org

ANIMACIÓN DE LA NOVENA A LA INMACULADA EN UYUNI - POTOSÍ

sábado, 12 de noviembre de 2016

LA CELDA DEL AMOR, SIEMPRE ABIERTA - 14 DE NOVIEMBRE 2016

Cuarta obra de misericordia espiritual: consolar a los afligidos

Padre Kolbe está cerca del que sufre


“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Desde estas palabras de Jesús en la Cruz meditamos la cuarta obra de misericordia espiritual: consolar a los afligidos. Desde la cátedra de la Cruz, Jesús nos enseña a esperar contra toda esperanza, a sentir que las manos de Dios son más fuertes que cualquier otra mano potente de los hombres: Jesús hizo de esta obra de misericordia una bienaventuranza: “Felices los afligidos, porque serán consolados” (Mt 5,5). Esta consolación puede venir solo de Dios, “el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo” (2Cor 1,3). Dios es el verdadero sujeto de la consolación (cfr. Is 49,13; 52,9), la imagen de su acción consoladora es la de una madre (cfr. Is 66,13), de un pastor (cfr. Is 40,11), esto significa el cuidado que tiene Dios por su pueblo y por cada persona.

Jesús mismo conoció la aflicción, lloró por la muerte de su amigo Lázaro (cfr. Jn 11,35), a su vez consoló a quien se encontraba de luto (cfr. Le 7,13) y enseñó a sus discípulos diciendo “lloren con quien llora” (Rm 12,15).

La categoría de los afligidos se presenta como el vasto coro de los dolientes; para consolarlos no se necesitan personas que ofrecen sus recetas rápidas, frases construidas, pías palabras o pasajes bíblicos. Los amigos que fueron a visitar a Job “para consolarlo” (Jb 2,11), después de estar al lado del desventurado con lamentos, llantos, gestos de luto, seguido de largo silencio, “porque veían que era muy grande su dolor” (Jb 2,13), comenzaron a hablar, y se descubrieron “malos consoladores” (Jb 16,2).

Los proverbios saben cómo se deben consolar los afligidos: “Habla con el corazón, y también los sordos entenderán”. Es suficiente el amor, y la consolación no cae en vano, más aún hace volver a florecer la vida. No es para todos saber consolar: es un arte para aprender en la escuela de la vida; de otro modo se corre el riesgo de provocar más dolor en lugar de hacer el bien. Dice Anselm Grum: “Un consolador para mí, es quien logra quedarse a mi lado, en mi luto, en mi desesperación, en mi rabia, en mi impotencia; quien soporta mis lágrimas y se queda, no se aleja, ni cierra los ojos. Si logro quedarme al lado del afligido, sin ocultar su pena con un coctel de palabras, el afligido en algún momento cuenta lo que le pasa, que cosa lo hace sufrir tanto. No le doy consejos, no le propongo soluciones. Simplemente me detengo a escucharlo. Esto es consuelo”.

La palabra latina para “confortar” es “consolari”, que significa “quedarse con quien está solo. La correspondiente palabra griega parakalèin, que tiene muchos significados: “llamar al lado, dar coraje, consolar, tener palabras de aliento, cuidar” En la consolación se trata de crear una proximidad, de hacerse “presencia que permanece al lado” de quien está en la desolación y en la soledad. En el Evangelio de Juan el Espíritu Santo es siempre definido el “Paráclito” el “Consolador”, el “apoyo”: es Aquel que es llamado “para estar al lado”, que asiste y consuela.

Hablando de San Maximiliano Kolbe, se pueden parafrasear bien las palabras que Atanasio dice con respecto a Abba Antonio[1]: “¿Quién estuvo con él en el dolor y no volvió con gozo? ¿Quién estuvo con él llorando por sus muertos y no dejó enseguida el luto”? “¿Quién estuvo con él lleno de cólera y no convirtió sus sentimientos en amor”? ¿Qué hermano o compañero de prisión desanimado fue a verlo y no encontró la paz del corazón?

“¿Pero quiénes son los afligidos de los cuáles habla Jesús?

Ellos son aquellos los que frente al sufrimiento de los otros, son capaces de caminar con ellos, de participar de sus dolores, como Jesús, que cargó con todos nuestros dolores y nuestras iniquidades. No son aquellos que se sienten mal cuando le pisas los pies, sino aquellos que se sienten mal cuando le pisan el pie al amigo. Es una aflicción más grande que la física porque parte del corazón.

Padre Kolbe era uno de estos: sabía ocuparse totalmente de cada uno sin ningún límite, no ahorraba ningún esfuerzo personal, lloraba con todos y por todo, derramando lágrimas de amor, atento al más débil gemido de dolor. No se dejó derrumbar por su corazón de carne en el abismo del mal, reanimaba a los desalentados, encendía en ellos el fuego de la esperanza.

A los corazones doloridos baja un bálsamo de consuelo, en las almas desesperadas brota de nuevo un rayo de esperanza. Los pobres, los cansados, los que están abrumados por las preocupaciones, las tribulaciones y las cruces sientan cada vez más clara y expresamente que no son huérfanos, que tienen una Madre que conoce sus dolores, que los compadece, los consuela y los ayuda”. (EK 1102)

“Uno podría decir que la presencia de Padre Kolbe en el búnker era necesaria para los otros. Estos estaban enloquecidos por la idea de que nunca volverían a sus casas y a sus familias, gritando con desesperación y maldiciendo. El los pacificó y ellos empezaron a resignarse. Por su don de consolación, prolongó la vida de los condenados, quienes usualmente estaban tan trastornados psicológicamente que habrían sucumbido en pocos días”[2].

Entre los afligidos de hoy, según el significado evangélico, encontramos seguramente a Pedro Bartolo: el médico que desde 25 años acoge a los inmigrantes a Lampedusa. Los acoge, los cuida, y sobre todo los escucha. Las páginas de su libro: Lágrimas de sal, cuentan la historia de un muchacho flacucho y tímido, miembro de una familia de pescadores, que luchó duramente para cambiar su propio destino y el de su isla. Él no olvidó las dificultades vividas, decidió vivir en primera persona aquella que ha sido definida la más grande emergencia humanitaria de nuestro tiempo.

A su historia se enlazan aquellas desesperadas y vehementes historias de algunos de los tantos inmigrantes que escaparon de las guerras y del hambre. Los cuales, después de sobrevivir, y no se sabe cómo, a un terrible viaje en el desierto, entre violencias y opresiones inimaginables, en el mar han visto morir a sus familiares, y no obstante no se rindieron, más bien han decidido fuertemente iniciar una nueva existencia en Europa. Yazmín, que da a luz a Gift rodeada del afecto de las mujeres de Lampeadusa, Hassan, que durante todo el viaje lleva en sus espaldas a su hermano paralítico; Omar, que no logra olvidar; Faduma, que ha tenido que separarse de sus hijos para hacerlos crecer. Lágrimas de sal es un puñetazo en el estómago, que interpela fuertemente la conciencia de cada uno de nosotros. “Pedro Bartolo tiene la capacidad de hacerte comprender, por medio de sus palabras, la humanidad y su inmensa serenidad, el sentido de la tragedia y el deber de socorrer y de la acoger”[3]

Ofrezcámonos y ofrezcamos los afligidos a María, Madre de la Consolación, venerada como la Consoladora y la “Consolada” y Ella nos ayudará a comprender que dentro nuestro no sólo hay luto, dolor, desesperación e impotencia. ¡En nosotros también está el Espíritu de Jesús! Es este Espíritu que nos ayudará a atravesar cada aflicción para hacernos renacer.

Angela Esposito MIPK


[1] S. Antonio Abad.

[2] Patricia Treece, Maximiliano Kolbe, UN HOMBRE PARA LOS DEMÁS, p. 217 SEGUNDA EDICIÓN

[3] Gianfranco Rosi, director de “fuocoammare”.


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