CANTO
Invitación a la alabanza
Guía: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Asamblea: Amén
Guía: Bendito sea el Señor Dios, Trinidad de amor: luminosas son sus obras, misericordiosos sus caminos. A Él dé gloria toda criatura. El bendiga y exalte toda criatura.
Asamblea: Tuya es la gloria, el honor y la adoración Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre. Amén
Invocación al Espíritu:
1L.- Ven a nosotros, Espíritu de Cristo,
Ven a juzgarnos, frágiles discípulos,
Desviados de miles tentaciones, siempre necesitados de
conversión.
Estribillo
2L.- Tú has iluminado a los hombres de fe
de todos los pueblos y de todo tiempo;
has inspirado a los profetas y sostenido a los mártires;
has guiado a Jesús de Nazaret y a sus primeros discípulos;
has sostenido y sostienes la Iglesia
en su dificultoso navegar en las tempestades de la historia.
Estribillo
Asamblea.-Haznos comprender, sobre las huellas del padre Kolbe,
la fuerza del Evangelio de la cruz,
releído con los ojos de los pobres y de los humildes,
anunciado hasta los confines de la tierra.
Amén.
Estribillo
Séptimo día
¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!
Del Papa
Francisco:
La alegría del Evangelio es esa que nada ni
nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo
—y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y
nuestro fervor. Mirémoslos como desafíos para crecer. Además, la mirada
creyente es capaz de reconocer la luz que siempre derrama el Espíritu Santo en
medio de la oscuridad, sin olvidar que «donde abundó el pecado sobreabundó la
gracia» (Rm 5,20). Nuestra
fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a
descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña. (E.G. 84)
Llamados a iluminar y a comunicar vida,
finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio
interior, y que apolillan el dinamismo apostólico. (E.G. 83)
G. La riqueza de los
dones y la magnificencia de las vestiduras de la esposa, de la que nos habla el
salmo 44, nos indican los dones de la gracia y de la vida interior con
que el esposo la ha adornado y la variedad de los pueblos que ella lleva en sí
misma y su fecunda maternidad espiritual. Con el salmista alabemos el nombre
del rey con todos los pueblos de la tierra:
Una hija de
reyes está de pie a tu derecha:
es la reina,
adornada con tus joyas y con oro de Ofir.
¡Escucha, hija
mía, mira y presta atención!
Olvida tu
pueblo y tu casa paterna,
y el rey se
prendará de tu hermosura.
El es tu señor:
inclínate ante él;
la ciudad de
Tiro vendrá con regalos
y los grandes
del pueblo buscarán tu favor.
Embellecida con
corales engarzados en oro
y vestida de
brocado, es llevada hasta el rey.
Las vírgenes van detrás, sus compañeras la guían,
con gozo y alegría entran al palacio real.
Tus hijos
ocuparán el lugar de tus padres,
y los pondrás
como príncipes por toda la tierra.
Yo haré célebre
tu nombre por todas las generaciones;
por eso, los
pueblos te alabarán eternamente.
De los escritos de san Maximiliano:
Pues bien, ustedes saben cuántas personas en el mundo
no conocen aún a Dios, no conocen a la Inmaculada y, por consiguiente, a veces
se preguntan hasta el porqué de su existencia. Estos no poseen la felicidad,
sobre todo en las dificultades de la vida y en los sufrimientos. No saben que
el fin del hombre es Dios y que toda realidad de este mundo es sólo un medio
para llegar a Dios en la eternidad, en el paraíso. No saben que la Mediadora de
todas las gracias, la madre espiritual de todos los hombres es María
Inmaculada; no saben que recurriendo a Ella, amándola, se acercan a Dios de la
manera más fácil y más rápida. (EK 758)
Momento de silencio reflexivo
San Maximiliano,
misionero alegre del Evangelio por los caminos del mundo.
-
¿Cuál es la fuente de la verdadera alegría en mi vida?
Oración final a san Maximiliano
San Maximiliano
María,
valiente testimonio
de amor en los tramos oscuros de la historia,
presencia
amorosa de Dios en los campos de la muerte,
patrono de
nuestros difíciles tiempos: escucha nuestra oración.
Tú que has
amado la Virgen Inmaculada sin límites,
tú que has luchado
contra el mal
con las armas
del amor y de la oración,
tú que no has
vacilado para entregarte a la muerte
para conducir al
Cielo a los pobres condenados,
ayúdanos a
encarnar la presencia de María
en nuestra
cotidianidad.
Enséñanos a gastar
nuestra vida para que el hombre,
nuestro hermano,
reencuentre la dignidad y la grandeza.
Ayúdanos a
donar a los hermanos el amor a María, nuestra Madre,
para vivir la
vida buena del Evangelio de Jesús.
Haz que el
recuerdo de tu sacrificio despierte en nosotros
el deseo de
imitarte y de ofrecer la vida por los demás.
Ruega por
nosotros a la Virgen Inmaculada,
para que nos
asemejemos a Ella y la hagamos presente
en nuestras
familias, en nuestras comunidades
y en el mundo entero.
Amén.

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