lunes, 11 de agosto de 2014

12 DE AGOSTO - OCTAVO DÍA DE LA NOVENA A SAN MAXIMILIANO KOLBE

SAN MAXIMILIANO, UN HOMBRE LIBRE!

¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?
 (palabras de la Virgen a Juan Diego)


Para cada día
CANTO

Invitación a la alabanza

Guía:    En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Asamblea: Amén

Guía: Bendito sea el Señor Dios, Trinidad de amor: luminosas son sus obras, misericordiosos sus caminos. A Él dé gloria toda criatura. El bendiga y exalte toda criatura.

Asamblea: Tuya es la gloria, el honor y la adoración Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre. Amén

Invocación al Espíritu:
1L.-       Ven a nosotros, Espíritu de Cristo,
Ven a juzgarnos, frágiles discípulos,
Desviados de miles tentaciones, siempre necesitados de 
conversión.

Estribillo

2L.-       Tú has iluminado a los hombres de fe
de todos los pueblos y de todo tiempo;
has inspirado a los profetas y sostenido a los mártires;
has guiado a Jesús de Nazaret y a sus primeros discípulos;
has sostenido y sostienes la Iglesia
en su dificultoso navegar en las tempestades de la historia.

Estribillo

Asamblea.-Haznos comprender, sobre las huellas del padre Kolbe,
   la fuerza del Evangelio de la cruz,
   releído con los ojos de los pobres y de los humildes,
   anunciado hasta los confines de la tierra.
   Amén.

Estribillo

Octavo día

No estoy yo aquí, que soy tu Madre?
 (palabras de la Virgen a Juan Diego)

Del Papa Francisco:
Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes.
Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. (E.G. 288. 286)

G. Con María avanzamos confiados y le decimos:

Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús.

Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados
para llevar a todos el Evangelio de la vida
que vence a la muerte.
Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos
para que llegue a todos 
el don de la belleza que no se apaga.

Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén. Aleluya.

De los escritos de san Maximiliano:

Espero que con la ayuda de la Inmaculada, consigas llevar a cabo lo que habías iniciado y perseverar en tu puesto hasta la muerte gloriosa. La verdad que no sería digno de un caballero desertar por ningún motivo. La vida es breve, estos pocos años que vivimos sobre esta tierra pasan muy deprisa: ¿Cómo se les podría privar de la entrega que de ellos hicimos a la Inmaculada? Se muy bien que a veces la vida en la tierra de misión es dura; sin embargo, intenta imaginar lo dulce que será el momento de la muerte para aquel que, en aquel instante supremo, pueda decir que ha ofrecido mucho, muchísimo en sacrificio a la Inmaculada. Reza en las dificultades, reza mucho y obtendrás la preciosa gracia de la perseverancia. La Inmaculada te bendiga. (EK 813)

Momento de silencio reflexivo

San Maximiliano, María te ha hecho similar a Ella misma, te ha nutrido con la leche de su gracia.
Ayúdanos a dejarnos guiar solamente por Ella, a dejarnos plasmar siempre más libremente por Ella.

Oración final a san Maximiliano
San Maximiliano María,
valiente testimonio de amor en los tramos oscuros de la historia,
presencia amorosa de Dios en los campos de la muerte,
patrono de nuestros difíciles tiempos: escucha nuestra oración.

Tú que has amado la Virgen Inmaculada sin límites,
tú que has luchado contra el mal
con las armas del amor y de la oración,
tú que no has vacilado para entregarte a la muerte
para conducir al Cielo a los pobres condenados,
ayúdanos a encarnar la presencia de María
en nuestra cotidianidad.

Enséñanos a gastar nuestra vida para que el hombre,
nuestro hermano, reencuentre la dignidad y la grandeza.
Ayúdanos a donar a los hermanos el amor a María, nuestra Madre, 
para vivir la vida buena del Evangelio de Jesús.

Haz que el recuerdo de tu sacrificio despierte en nosotros
el deseo de imitarte y de ofrecer la vida por los demás.

Ruega por nosotros a la Virgen Inmaculada,
para que nos asemejemos a Ella y la hagamos presente
en nuestras familias, en nuestras comunidades
y en el mundo entero. Amén.


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